
Cuando la melancolía del otoño deja paso al aséptico invierno, gran parte de la población espera ansiosa la llegada de la primavera. A la espera de que les instalen un gran panel luminoso para corear la cuenta atrás que da entrada a la estación más florida del calendario.
Este subgrupo de amantes de la primavera, ávidos porque la sangre les altere, están deseosos de que el calor entre en sus vidas despidiendo así al frío, de que los días se vuelvan más largos diciendo adiós a las eternas noches, de poder lucir cuerpo deshaciéndose de incómodos abrigos y asfixiantes jerséis de cuello vuelto, quitándose capas de encima y dejando de ser cebollas para convertirse en frutas de temporada. Todo esto, unido a razones biológicas como la ingesta de radiación solar, con su vitamina D y demás componentes, provoca un aumento del ánimo y del esparcimiento que ya lo quisiera para sí cualquier droga de diseño. Aunque la primavera tampoco se libra de sus efectos secundarios.
El azote del frío da un respiro a la naturaleza, que puede volver a levantar la cabeza y seguir con su infatigable empeño en abrir paso a la vida. Y es que el ciclo de las estaciones comparte paralelismo con el ciclo de la vida.
Es una bella y cruel metáfora de la existencia de cualquier ser vivo, que nace y crece vigoroso, lleno de vitalidad, abriéndose paso entre lo imposible, como la primavera. Vive rodeado de luz y calor, experimentando los momentos de máximo esplendor del verano. Para luego dejar paso a la estabilidad y la madurez del otoño. Preparado para los fríos, pero tranquilos y recogidos momentos del principio del fin, dejando paso a las nuevas primaveras.
Pero el instinto de vida no solo es patente en la flora, también la fauna se pone manos a la obra cuando la libido aumenta a causa de la entrada de la primavera. Los animales se dedican a procrear, o intentarlo al menos, que lo importante es participar.
Nosotros, por el contrario, no tenemos época de celo definida, estamos predispuestos todo el año. Aunque alguna reminiscencia del pasado debe quedarnos si en esta estación estamos tan sexualmente despiertos. No hay duda que nosotros en algún momento también respondíamos a la llamada de la naturaleza sexual en primavera, sino ¿de qué íbamos a sentirnos tan activos, tan contentos, tan efusivos, tan desinhibidos y tan sexuales en esta época del año? Pero el ser humano, tan rebelde y revolucionario, siempre anteponiendo sus deseos, dejó de respetar los meses que la naturaleza le brindó para fornicar con sus semejantes, porque algo tan divertido y gratificante no se lo podían restringir a tres meses escasos si se podía practicar durante todo el año.
Pero como comentaba antes, la primavera, como cualquier droga excitable y alteradora de estado de ánimo, también provoca daños colaterales: la polinización.
Los alérgicos me entenderán. Los no-alérgicos no me podrán entender porque disfrutan de las bondades de la primavera, mientras otros sufrimos la otra cara de la moneda. Como si se tratara de una amiga que cae bien a todos porque regala sonrisas, elogios y palabras bonitas, mientras que otros conocemos de sus puñaladas traperas de tanto en tanto.
Y es que las flores, plantas, árboles y flora en general son exhibicionistas a más no poder. No podían hacer como la fauna y como nosotros, que de forma íntima y discreta [en la mayoría de los casos] intercambiamos nuestros fluidos y colocamos la semillita. No. La flora tiene que hacerlo a lo grande, desplegando sus encantos y su polen a través del aire, afectando a todos los que pille por su camino, arrasando sin piedad a cuantos dispongan de sistema respiratorio.
Aún así, soy un alérgico raro por dos razones:
1.- Ni siquiera sé a qué soy alérgico. Sé que se trata de polen sin duda, porque siempre sucede en primavera y sería demasiada coincidencia. Pero, ¿polen de qué? Ni idea. Cuando me hicieron las pruebas de alergia no me salió nada, así que no era alérgico oficial porque si en un papel pone que no eres alérgico ya puedes compartir vida con pañuelos, tener la nariz como un pimiento, agotamiento múltiple y cagarte en todo por lo mal que lo pasas, que si no está por escrito no eres nada.
2.- Me muevo entre ser alérgico y ex-alérgico. De pequeño y adolescente la primavera era mi peor enemiga, porque siempre estaba presente en mi vida, arruinando tres meses de la misma. Era un trago que había que pasar y aprender a convivir con él año tras año. Insufrible. En aquellos tensos momentos donde la primavera me mostraba su peor cara y estrangulaba mis energías vitales, odiaba las flores, las plantas, los árboles, los defensores de la naturaleza y deseaba la deforestación planetaria. Pero tras pasar el delicado trance de la adolescencia, la alergia empezó a remitir y solo aparecía algún que otro síntoma aislado muy de vez en cuando, con lo cual me tomaba la pastillita mágica y listo. Pasaba el día como cualquier otro. Conclusión: debe ser el polen de una planta en concreto que estaba presente en mi infancia y adolescencia y que ahora la tengo relativamente lejos.
Y así han pasado los años, con alguna que otra aparición estelar algún día aislado de mi gran amiga e infatigable compañera llamada alergia.
Pero ayer… ayer la primavera me traicionó de la manera más cruel y despreciable que podía imaginar. Después de años ofreciéndome el espejismo de primaveras normales y transitables, aprovecha para dejar caer sobre mí todo su peso cuando estoy de visita en un pequeño pueblo rodeado de flora. En un día significativamente ventoso. Un viento feroz que fue la constante durante toda la jornada y que ayudó de forma excesiva a la naturaleza en su misión de repartir polen por medio mundo. Y ya ni pastillita ni nada. Como si no me la hubiera tomado.
Pasé el día con la inestimable compañía de decenas de paquetes de pañuelos, de cansancio, de desgana, de somnolencia, de ojos llorosos, de agobio y de irritabilidad. Mucha irritabilidad. Debido a este estado sumamente agobiante que solo comprenderán aquellos que pasan por ello, se me acumuló demasiada mala leche. Y viendo que no podía seguir así, permitiendo al mal carácter controlar lo poco que la alergia dejaba controlar, decidí liberarme del estrés y quemar energía y adrenalina con el sexo. Eso me calmaría. El sexo me ayudaría, sin duda.
Tiré de agenda y me di cuenta que desde esta pequeña localización en la que me encontraba no había demasiadas opciones para encontrar en un radio cercano algún alma caritativa que me ayudara a aliviar este infierno por el que estaba pasando. Pero estaba Jorge.
Jorge y yo éramos amigos. Pero no amigos íntimos. Éramos de esos amigos que se tiene a los que ves muy de vez en cuando para tomar algo y en nuestro caso ayudarnos en momentos de sequía o necesidad apremiante cuando necesitábamos un hombro sobre el que llorar o pollas sobre las que mamar.
Al llegar a la terracita de la cervecería donde había quedado con Jorge, me di cuenta de que el refrán de “la primavera la sangre altera” se quedaba corto a su lado. El hombre estaba alterado de un modo irreconocible, vale que no nos veíamos tanto como para saber si esa actitud era normal en él o no, pero nunca le había visto así. Eché un rápido vistazo a mi memoria, intentando ubicar nuestras citas en el calendario para llegar a la conclusión final de que nunca habíamos quedado en primavera. ¿Así era el Jorge primaveral? En mi imaginario y en mis recuerdos era un hombre de 34 años rudo y serio, dueño de uno de esos típicos rostros fríos y distantes pero atractivos, que te infunden miedo pero que te atraen irremediablemente, dispuesto a dejarte llevar por el peligro olvidándote del instinto de supervivencia. Pero este Jorge era una parodia de sí mismo sacado de la casa de la pradera. Su aspecto duro había pasado a ser una expresión constantemente amable, tierna y alegre donde hasta su grave voz se había vuelto cantarina. Jorge era una exaltación de la alegría primaveral.
Cuando la versión primaveral de Jorge me vio agarrando un paquete de pañuelos y se fijó en mi cara descompuesta, llegó a una conclusión errónea.
- ¿Estás griposo? - me preguntó.
- Sí. Ha hecho tanto frío estos últimos días que he pillado un trancazo.
Pero ni mi descarada ironía le hizo tropezar con la realidad. Simplemente lo aceptó sin más. Es como si no recordara el calor asfixiante que había hecho días atrás ni recordara que estamos en primavera y a veces viene acompañada por alergias. Pero estaba en un estado tan herméticamente positivo que parecía que ninguna vibración negativa interfiriera en él. Sencillamente asombroso. Era incapaz de ver nada que no fuera positivo.
Después de media hora en la que tuve que soportar sus elogios hacia la naturaleza, cuánto le encantaba la primavera y lo maravilloso que era el día de hoy, decidí que mi paciencia se había agotado del todo. Apuré mi cerveza y me despedí bruscamente de él. No era culpa de Jorge, pero si pasaba un minuto más escuchando otro piropo más a la primavera, explotaría diciendo algo de lo que luego me arrepentiría, así que opté por la retirada a tiempo. Ya me disculparía con Jorge al día siguiente cuando todo aquello hubiera pasado.
Al llegar a casa me lancé literalmente sobre la cama y el agotamiento hizo el resto. Mientras me adentraba en los territorios de Morfeo, jugué con el pensamiento de masturbarme. Era la opción más rápida y sencilla para liberar tensiones y malos rollos. Pero antes de llevar a cabo mis planes, me quedé dormido.
Me desperté un par de horas después sobresaltado por un estridente sonido. Alguien llamaba a la puerta. Y al abrir… ¡horror! No me lo podía creer. Tenía que ser una broma.
Frente a mí, tenía al repartidor de una floristería sosteniendo un gran y ostentoso ramo de flores frente a mis narices. Tardé un rato en reaccionar, concentrándome mucho mentalmente para poder despertar de aquella pesadilla. Pero aquello no era ni una broma ni una pesadilla.
Llevé el ramo hasta el salón, que era la estancia más alejada de la casa, intentando mantenerlo lo máximo alejado posible de mis fosas nasales. Luego me alejé de allí como quien se aleja de una amenaza inminente, pero llevando conmigo la tarjeta que venía con las malditas flores. Cuando la leí pude comprobar que las enviaba Jorge.
Ahora todo encajaba. Se trataba de una venganza. Al fin había comprendido que no estaba pasando por una gripe, sino por alergia y quiso devolverme el golpe del plantón a lo grande.
Pero lo más triste de todo es que no era una venganza, porque habría entendido perfectamente la motivación de la venganza. Pero no lo era. La tarjeta de Jorge pedía disculpas por lo de aquella tarde, por si había hecho o dicho algo que me hubiera molestado.
En aquel momento no sabía que sentimiento me dominaba: el enfado, la risa o la ternura.
Increíble pero cierto. El surrealismo vuelve a acompañarme en la vida.
Por suerte, el verano está cada vez más próximo y aunque le tengo un poco de miedo por si se extralimita en su función de servir calor a niveles demasiado intensos, al menos no traerá polen consigo. Lo cual será un gran alivio.
Ven ya verano, porque cuando lo hagas podré decirle adiós a la primavera. Y no voy a echarla de menos. No, señor. Le guardaré rencor eterno por lo que me ha hecho, hasta que en algún día de extremo frío de invierno desee su llegada de nuevo, claro. Porque siempre queremos lo que no tenemos.
Y mañana será otro día.
Este subgrupo de amantes de la primavera, ávidos porque la sangre les altere, están deseosos de que el calor entre en sus vidas despidiendo así al frío, de que los días se vuelvan más largos diciendo adiós a las eternas noches, de poder lucir cuerpo deshaciéndose de incómodos abrigos y asfixiantes jerséis de cuello vuelto, quitándose capas de encima y dejando de ser cebollas para convertirse en frutas de temporada. Todo esto, unido a razones biológicas como la ingesta de radiación solar, con su vitamina D y demás componentes, provoca un aumento del ánimo y del esparcimiento que ya lo quisiera para sí cualquier droga de diseño. Aunque la primavera tampoco se libra de sus efectos secundarios.
El azote del frío da un respiro a la naturaleza, que puede volver a levantar la cabeza y seguir con su infatigable empeño en abrir paso a la vida. Y es que el ciclo de las estaciones comparte paralelismo con el ciclo de la vida.
Es una bella y cruel metáfora de la existencia de cualquier ser vivo, que nace y crece vigoroso, lleno de vitalidad, abriéndose paso entre lo imposible, como la primavera. Vive rodeado de luz y calor, experimentando los momentos de máximo esplendor del verano. Para luego dejar paso a la estabilidad y la madurez del otoño. Preparado para los fríos, pero tranquilos y recogidos momentos del principio del fin, dejando paso a las nuevas primaveras.
Pero el instinto de vida no solo es patente en la flora, también la fauna se pone manos a la obra cuando la libido aumenta a causa de la entrada de la primavera. Los animales se dedican a procrear, o intentarlo al menos, que lo importante es participar.
Nosotros, por el contrario, no tenemos época de celo definida, estamos predispuestos todo el año. Aunque alguna reminiscencia del pasado debe quedarnos si en esta estación estamos tan sexualmente despiertos. No hay duda que nosotros en algún momento también respondíamos a la llamada de la naturaleza sexual en primavera, sino ¿de qué íbamos a sentirnos tan activos, tan contentos, tan efusivos, tan desinhibidos y tan sexuales en esta época del año? Pero el ser humano, tan rebelde y revolucionario, siempre anteponiendo sus deseos, dejó de respetar los meses que la naturaleza le brindó para fornicar con sus semejantes, porque algo tan divertido y gratificante no se lo podían restringir a tres meses escasos si se podía practicar durante todo el año.
Pero como comentaba antes, la primavera, como cualquier droga excitable y alteradora de estado de ánimo, también provoca daños colaterales: la polinización.
Los alérgicos me entenderán. Los no-alérgicos no me podrán entender porque disfrutan de las bondades de la primavera, mientras otros sufrimos la otra cara de la moneda. Como si se tratara de una amiga que cae bien a todos porque regala sonrisas, elogios y palabras bonitas, mientras que otros conocemos de sus puñaladas traperas de tanto en tanto.
Y es que las flores, plantas, árboles y flora en general son exhibicionistas a más no poder. No podían hacer como la fauna y como nosotros, que de forma íntima y discreta [en la mayoría de los casos] intercambiamos nuestros fluidos y colocamos la semillita. No. La flora tiene que hacerlo a lo grande, desplegando sus encantos y su polen a través del aire, afectando a todos los que pille por su camino, arrasando sin piedad a cuantos dispongan de sistema respiratorio.
Aún así, soy un alérgico raro por dos razones:
1.- Ni siquiera sé a qué soy alérgico. Sé que se trata de polen sin duda, porque siempre sucede en primavera y sería demasiada coincidencia. Pero, ¿polen de qué? Ni idea. Cuando me hicieron las pruebas de alergia no me salió nada, así que no era alérgico oficial porque si en un papel pone que no eres alérgico ya puedes compartir vida con pañuelos, tener la nariz como un pimiento, agotamiento múltiple y cagarte en todo por lo mal que lo pasas, que si no está por escrito no eres nada.
2.- Me muevo entre ser alérgico y ex-alérgico. De pequeño y adolescente la primavera era mi peor enemiga, porque siempre estaba presente en mi vida, arruinando tres meses de la misma. Era un trago que había que pasar y aprender a convivir con él año tras año. Insufrible. En aquellos tensos momentos donde la primavera me mostraba su peor cara y estrangulaba mis energías vitales, odiaba las flores, las plantas, los árboles, los defensores de la naturaleza y deseaba la deforestación planetaria. Pero tras pasar el delicado trance de la adolescencia, la alergia empezó a remitir y solo aparecía algún que otro síntoma aislado muy de vez en cuando, con lo cual me tomaba la pastillita mágica y listo. Pasaba el día como cualquier otro. Conclusión: debe ser el polen de una planta en concreto que estaba presente en mi infancia y adolescencia y que ahora la tengo relativamente lejos.
Y así han pasado los años, con alguna que otra aparición estelar algún día aislado de mi gran amiga e infatigable compañera llamada alergia.
Pero ayer… ayer la primavera me traicionó de la manera más cruel y despreciable que podía imaginar. Después de años ofreciéndome el espejismo de primaveras normales y transitables, aprovecha para dejar caer sobre mí todo su peso cuando estoy de visita en un pequeño pueblo rodeado de flora. En un día significativamente ventoso. Un viento feroz que fue la constante durante toda la jornada y que ayudó de forma excesiva a la naturaleza en su misión de repartir polen por medio mundo. Y ya ni pastillita ni nada. Como si no me la hubiera tomado.
Pasé el día con la inestimable compañía de decenas de paquetes de pañuelos, de cansancio, de desgana, de somnolencia, de ojos llorosos, de agobio y de irritabilidad. Mucha irritabilidad. Debido a este estado sumamente agobiante que solo comprenderán aquellos que pasan por ello, se me acumuló demasiada mala leche. Y viendo que no podía seguir así, permitiendo al mal carácter controlar lo poco que la alergia dejaba controlar, decidí liberarme del estrés y quemar energía y adrenalina con el sexo. Eso me calmaría. El sexo me ayudaría, sin duda.
Tiré de agenda y me di cuenta que desde esta pequeña localización en la que me encontraba no había demasiadas opciones para encontrar en un radio cercano algún alma caritativa que me ayudara a aliviar este infierno por el que estaba pasando. Pero estaba Jorge.
Jorge y yo éramos amigos. Pero no amigos íntimos. Éramos de esos amigos que se tiene a los que ves muy de vez en cuando para tomar algo y en nuestro caso ayudarnos en momentos de sequía o necesidad apremiante cuando necesitábamos un hombro sobre el que llorar o pollas sobre las que mamar.
Al llegar a la terracita de la cervecería donde había quedado con Jorge, me di cuenta de que el refrán de “la primavera la sangre altera” se quedaba corto a su lado. El hombre estaba alterado de un modo irreconocible, vale que no nos veíamos tanto como para saber si esa actitud era normal en él o no, pero nunca le había visto así. Eché un rápido vistazo a mi memoria, intentando ubicar nuestras citas en el calendario para llegar a la conclusión final de que nunca habíamos quedado en primavera. ¿Así era el Jorge primaveral? En mi imaginario y en mis recuerdos era un hombre de 34 años rudo y serio, dueño de uno de esos típicos rostros fríos y distantes pero atractivos, que te infunden miedo pero que te atraen irremediablemente, dispuesto a dejarte llevar por el peligro olvidándote del instinto de supervivencia. Pero este Jorge era una parodia de sí mismo sacado de la casa de la pradera. Su aspecto duro había pasado a ser una expresión constantemente amable, tierna y alegre donde hasta su grave voz se había vuelto cantarina. Jorge era una exaltación de la alegría primaveral.
Cuando la versión primaveral de Jorge me vio agarrando un paquete de pañuelos y se fijó en mi cara descompuesta, llegó a una conclusión errónea.
- ¿Estás griposo? - me preguntó.
- Sí. Ha hecho tanto frío estos últimos días que he pillado un trancazo.
Pero ni mi descarada ironía le hizo tropezar con la realidad. Simplemente lo aceptó sin más. Es como si no recordara el calor asfixiante que había hecho días atrás ni recordara que estamos en primavera y a veces viene acompañada por alergias. Pero estaba en un estado tan herméticamente positivo que parecía que ninguna vibración negativa interfiriera en él. Sencillamente asombroso. Era incapaz de ver nada que no fuera positivo.
Después de media hora en la que tuve que soportar sus elogios hacia la naturaleza, cuánto le encantaba la primavera y lo maravilloso que era el día de hoy, decidí que mi paciencia se había agotado del todo. Apuré mi cerveza y me despedí bruscamente de él. No era culpa de Jorge, pero si pasaba un minuto más escuchando otro piropo más a la primavera, explotaría diciendo algo de lo que luego me arrepentiría, así que opté por la retirada a tiempo. Ya me disculparía con Jorge al día siguiente cuando todo aquello hubiera pasado.
Al llegar a casa me lancé literalmente sobre la cama y el agotamiento hizo el resto. Mientras me adentraba en los territorios de Morfeo, jugué con el pensamiento de masturbarme. Era la opción más rápida y sencilla para liberar tensiones y malos rollos. Pero antes de llevar a cabo mis planes, me quedé dormido.
Me desperté un par de horas después sobresaltado por un estridente sonido. Alguien llamaba a la puerta. Y al abrir… ¡horror! No me lo podía creer. Tenía que ser una broma.
Frente a mí, tenía al repartidor de una floristería sosteniendo un gran y ostentoso ramo de flores frente a mis narices. Tardé un rato en reaccionar, concentrándome mucho mentalmente para poder despertar de aquella pesadilla. Pero aquello no era ni una broma ni una pesadilla.
Llevé el ramo hasta el salón, que era la estancia más alejada de la casa, intentando mantenerlo lo máximo alejado posible de mis fosas nasales. Luego me alejé de allí como quien se aleja de una amenaza inminente, pero llevando conmigo la tarjeta que venía con las malditas flores. Cuando la leí pude comprobar que las enviaba Jorge.
Ahora todo encajaba. Se trataba de una venganza. Al fin había comprendido que no estaba pasando por una gripe, sino por alergia y quiso devolverme el golpe del plantón a lo grande.
Pero lo más triste de todo es que no era una venganza, porque habría entendido perfectamente la motivación de la venganza. Pero no lo era. La tarjeta de Jorge pedía disculpas por lo de aquella tarde, por si había hecho o dicho algo que me hubiera molestado.
En aquel momento no sabía que sentimiento me dominaba: el enfado, la risa o la ternura.
Increíble pero cierto. El surrealismo vuelve a acompañarme en la vida.
Por suerte, el verano está cada vez más próximo y aunque le tengo un poco de miedo por si se extralimita en su función de servir calor a niveles demasiado intensos, al menos no traerá polen consigo. Lo cual será un gran alivio.
Ven ya verano, porque cuando lo hagas podré decirle adiós a la primavera. Y no voy a echarla de menos. No, señor. Le guardaré rencor eterno por lo que me ha hecho, hasta que en algún día de extremo frío de invierno desee su llegada de nuevo, claro. Porque siempre queremos lo que no tenemos.
Y mañana será otro día.

